Ofrenda

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miércoles, 6 de abril de 2011

ATENAS


Rakádiko «H Krh’th», 5 – I – 2009

En las paredes el mapa de Creta, fotos de Veniselos, de Kazantzakis, de campesinos y liras cretenses. La media de edad no baja de los setenta y en las mesas vasos a medias, ouzo y raki.
La mañana de Atenas es gris, prepara su escenografía para hacer que la tarde sea lluviosa, pero ya no estaré, no será mía la lluvia.
He hecho ya las compras de última hora; dulces para regalar, algún libro y una camisa, un calendario, flor seca de hibisco, inciensos y carbón para el altar. La maleta abandonada a su suerte en las escaleras más sucias del hotel, un frapé para hacer tiempo y ser consciente de que ya sólo quedan tramos minúsculos del viaje.
No quiero irme, pero tampoco quiero quedarme, no en Atenas. Volvería a Symi hasta cansarme de estar allí, cogería luego un barco y luego otro y otro más. Completaría un dédalo impreciso de surcos en el agua, esas heridas de espuma blanca que apenas tardan un instante en cicatrizar.
Barcos, islas, puertos, redes, conversaciones sin prisa y cafés en los que cultivar la melancolía a largo plazo. Todo lejos de Atenas.
En pocos años la ciudad ha perdido su encanto. Siempre fue fea y yo siempre lo reconocí, pero no por eso dejaba de gustarme. En muchos aspectos era completamente distinta a otras ciudades, su bullicio era un bullicio en calma. Ahora no es esa ciudad relajada y segura de hace años.
Ayer por la noche mataron a un policía de veintiún años en la calle Notarás; justo unas horas antes yo había pasado por allí para ir al café de Exarjia. En una semana han matado a dos putas del Este en las calles de Omonia. Cerca de la Universidad Politécnica han disparado en dos ocasiones a los autobuses de la policía. La ciudad está cambiando y no sé si cambia bien.
De repente dejo las calles para entrar en este kafenío donde nada se altera, donde sigue esa Atenas que creé para mí en algún punto equidistante entre la memoria y mi pasado, tal vez un paraíso artificial que no existe en la cercanía y que, estoy completamente seguro, en un par de semanas añoraré. Y volverá a ser entonces la Atenas de aquellas fotografías, de aquellos paseos de Octubre, del periódico del día anterior en Platía Elefzerías. La Atenas que me llena la boca de orégano y un amargo café.

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