Ofrenda

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martes, 15 de marzo de 2011

LA CANCIÓN DE CLAUDIA

Lentamente va amaneciendo. El sol se muestra torpe, quiere hacerse sitio entre la oscuridad y las nubes grises que cubren el horizonte. El mar es del color del metal, el cielo lo prolonga más allá de cualquier punto de vista. Un barco velero, sin velas, deja que el mar lama lánguido sus maderas envejecidas y calafateadas cientos de veces. La mujer de los ojos grandes contempla la escena con una justa dosis de melancolía. Esa melancolía que ella sabe hacer sentimiento privado. En una taberna que está a punto de cerrar, en un extremo de la playa, unos cuantos borrachos con buenas voces ponen banda sonora a la escena, una melodía corfiota... La mujer une sus manos en actitud de oración. Ella no cree en dioses, no cree en santos, pero es un gesto aprendido tras generaciones. Lleva sus manos a sus labios. Apenas los rozan los índices paralelos. Escucha ya con los ojos cerrados y piensa cuál es en realidad el precio del amor.

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