Ofrenda

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miércoles, 6 de abril de 2011

AUTORRETRATOS


Kafeneío AigialóV, 29 – XII – 2008

Cerca de quinientos escalones para llegar a la capital de la isla. Lo normal es hacerlo con un burro, una moto o un coche, pero esta mañana me he sentido valiente. Después de los quinientos escalones, los cientos que se diseminan por las callejuelas del pueblo. Aún así, y a pesar del agotamiento que siento en todo mi cuerpo, ha merecido la pena.
Las casas no están en tan buen estado como en Gialos, la parte baja del pueblo que se baña en el mar. Se nota que Jorió está más deshabitado y los muros de piedra van cediendo igual que van cediendo innumerables capas de pintura. A veces se abre un arco, antigua entrada de una casa, y desde él se ve el cielo. Un cielo limpísimo en la mañana. Algunos naranjos ocupan lo que fueron los salones o las cocinas de las casas, más abandonadas al viento del Egeo que a su suerte. Doblas una esquina y te esperan unas escaleras anaranjadas o azules que no llegan a ninguna parte.
Me vuelvo loco mirando a todas partes, subiendo a muros faltos de solidez para hacer una buena foto. Tengo tendencia a fotografiar cualquier cosa que está en ruinas; tanto que un día de estos me dará por el autorretrato.
En uno de los puntos más altos del pueblo se alza la iglesia. Parece cerrada, pero un intenso olor a incienso se mastica, deben haberlo encendido hace poco y alguien, no muy lejos, podrá abrirme la puerta. Me acerco a una anciana bella y delgada, le pregunto. Ella tiene la llave.
En principio no es gran cosa, salvo un icono de tamaño grande que representa cuatro escenas casi irreconocibles, sufrió un incendio durante el periodo de dominio de los italianos y no han querido restaurarlo. La anciana me va guiando, me enseña las imágenes y los exvotos. Conoce bien la cronología de cada objeto. Me reserva para el final un par de sorpresas: el iconostasio y la parte en la que se esconde el altar. La Bella Puerta y el Lugar Sagrado.
El iconostasio no sólo es una obra de arte hecha de madera, es además una maravilla a nivel pictórico. Tiene frescos del siglo XVIII bastante bien conservados. No puede decirse lo mismo de los que hay sobre el altar. La humedad de la isla poco a poco los va borrando, como un negativo al aire que se va velando. La anciana se queja, dice que no hay derecho, que unos arqueólogos de Atenas vinieron, arrancaron un pedazo para estudiarlo y que nunca más volvieron. El enlucido va cediendo alrededor del agujero que dejaron y el deterioro se está acelerando.
Antes de salir me enseña el pie, también en madera, del púlpito. Un dragón chino policromado. Los dos hemos reído.
Me siento a fumar un cigarrillo en lo que un día debió ser la terraza con las mejores vistas del pueblo. Hay un montón de sillas carcomidas y destrozadas por el tiempo y la sal. Abajo está la bahía, las casa con sus tejados amatista, las fachadas rezumando colores. No es difícil desde aquí contemplar la compleja orografía de la isla, las líneas sinuosas de su costa. Como a muchas otras islas, una mujer de la mitología le cedió el nombre. Symi era la hija de Iálisos de Rodas y fue la madre de los primeros habitantes de la isla. Su marido se llamaba Glaucos, un reputado constructor de navíos. Uno de los barcos que hizo fue la famosa nave de los Argonautas. Pero Symi no fue el nombre que la isla tuvo siempre, cambió según fueron cambiando sus habitantes. Una vez fue Melopontís, Egli o Carikí. El último nombre se lo habían dado los habitantes de Caria.
Al mirar los montes, la bahía azul y serena, el cielo despejado que hoy reina sobre esta geografía, nadie podría pensar que esta piedrecita arrojada por un dios distraído a la superficie del Egeo haya sufrido tanto el paso de la historia y de los invasores: comienza el siglo XIV con los Caballeros de San Juan, en el XVI los turcos, los italianos en el XX y entre unas invasiones y otras los piratas que los vientos acercaban.
En 1919 se reunieron representantes de todas las islas del Dodecaneso para manifestar su deseo de ser parte de Grecia. El nueve de abril, el día que los ortodoxos celebraban la Pascua, los italianos llevaron a cabo una de las peores carnicerías y regaron de sangre la isla.
Y todavía faltaban los alemanes. Y todavía faltaban los Aliados.

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