Ofrenda

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miércoles, 6 de abril de 2011

LA DOCTORA CABÁRCENOS


RódoV, Kafeneíon Aktaión, 27 – XII – 2008

Después de comer me he acercado al puerto. Mañana dejaré Rodas para alcanzar Symi. Jamás he estado en Symi, aunque siempre he querido hacerlo. La culpa de este empeño la tiene una fotografía que vi hace años en un libro; estaba tomada desde una colina y mostraba un pueblecito construido en anfiteatro y mirando al mar. Entre las casas había buganvillas.
Hay varios barcos, decidiré cuando me levante.
La idea de abandonar Rodas me ha devuelto por fin mi natural tristeza. Empezaba a temer que se hubieran esfumado las emociones. Hasta hoy todo estaba siendo demasiado ligero. No había en mis visitas a los lugares grandes alegrías, admiraciones ni el espíritu piadoso que me llena cuando enciendo velas o contemplo los frescos de alguna iglesia antigua.
He temido que la medicación de la doctora Cabárcenos estuviese haciendo mella también en mi organismo.
¿Quién es la doctora Cabárcenos? Un personaje completamente inventado. La doctora tiene un físico definido: pelo corto y rizado teñido de color caoba, los muslos regordetes y embutidos en una falda de tubo de pata de gallo en tonos grises. Suele llevar blusas de seda y un medallón que asoma sólo a medias.
Inventé a la doctora Cabárcenos para deshacerme de determinadas conversaciones que me cansan. Si alguien se acerca a contarme penas absurdas, penas insustanciales y repetidas hasta la saciedad, aparece en escena el nombre de la gran gurú, el nombre de la doctora (en psiquiatría) Cabárcenos.
Cuando las palabras me llegan como una letanía de dolores vacíos la menciono.
— ¿Por qué no tomas paroxetina? Es un recaptador de la serotonina maravilloso. A mí me lo recetó la doctora Cabárcenos y desde entonces ni me deprimo ni me obsesiono con cosas absurdas.
La doctora Cabárcenos se va convirtiendo con el tiempo en una especie de santón para todos los conocidos deprimidos, y yo no paro de escribir el nombre mágico del recaptador de serotonina en servilletas de papel.
Por supuesto a nadie le venden paroxetina sin receta, esto les obliga a ir a ver al psicólogo o al psiquiatra y me ayuda a quitármelos de encima. El teléfono de la doctora Cabárcenos jamás lo facilito y es que ahora –un ahora que es siempre– se ha cogido una excedencia.
Al mirar el horario de barcos me he dado cuenta de que el medicamento fingido no hace efecto con sólo escribir su nombre. Por fin ha regresado mi tristeza.
Juego a perderme por las calles solitarias de la ciudad vieja. Saco el mp3 y me pongo los auriculares para degustar la banda sonora de las despedidas. Me acompañan mis fados. Decido sacarle jugo a mi tristeza y juntos nos vamos perdiendo despacio en el ocaso. Hemos aprendido a hacernos muy buena compañía.
La tristeza, como la soledad, no me estorba. Hace años que se ha pegado a mi cuerpo como una doble piel, atornillada a cada poro de mi cuerpo. Es una funda elástica que sabe ajustarse bien y que se identifica tanto con mis formas que casi nadie nota ya que la llevo puesta.
Entre los diferentes tipos de tristeza hay una que me gusta especialmente, es la que llamo “tristeza a largo plazo”. Requiere disciplina. La tristeza a largo plazo se forja con mucha voluntad. Por poner un ejemplo: desde que estoy en Rodas he venido cada día al mismo café. Todos los días he pasado en la misma silla al menos una hora, he visto la misma calle desde la misma ventana. La imagen se ha pegado a mi retina con fidelidad fotográfica. El calor del interior y el movimiento de la calle me asaltará un día lejano en algún rincón que ahora desconozco. Entonces, como un huevo que alcanza su momento de eclosión, saldrá del cascarón de mi memoria la imagen y querré estar rodeado de nuevo por este calor, estas voces que ahora son presente y los rostros que en estas tardes se han hecho familiares.
Antes de venir al café, con las últimas luces del día, he bordeado la mezquita rosa, la torre del reloj, me he perdido entre maullidos perezosos por los callejones que salen de la Calle de los Caballeros. Por primera vez en el viaje he querido llevármelo todo: sombras, hojas semimarchitas de alguna parra virgen, escaparates cerrados y el aroma a café recién molido deslizándose por la ventana de una cocina. Me han seguido, como Erinias furiosas, las voces de mis fados. Ha florecido transparente una lágrima, me he alegrado y, aliviado, me he puesto a dar saltos de tristeza.

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