Ofrenda

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miércoles, 6 de abril de 2011

LOS CAMELLOS DEL HEBREO

RódoV, Mandráki, 26 – XII – 2008

Después de un desayuno muy a la griega –yogur con miel, feta, aceitunas, pan y café solo– recorro lento los contornos marinos del puerto antiguo de Mandraki. El bosque de mástiles altera la composición de las fotografías y debo moverme en pasos milimétricos para captar de manera armónica las nuevas perspectivas.
     La mañana es dulce y serena y el sol moderadamente cálido. El agua de Mandraki, a pesar de los barcos, sigue siendo esmeralda. Me acerco hasta el lugar en que la tradición ubica al Coloso de Rodas, en la entrada del puerto. Dicen que tenía sus piernas abiertas y que por entre ellas pasaban las embarcaciones, los ingenieros actuales dudad de esta realidad. Lo más seguro es que el Coloso estuviera en pie en el santuario del dios Sol, un santuario que aún no se ha descubierto. Las fuentes aseguran que fue levantado en el año 290 antes de Cristo y que su altura estaría en torno a los treinta metros, todo de bronce, decorado con rayos alrededor de su cabeza. Hasta el año 226 estuvo en pie; un terremoto lo destruyó. Los rodios preguntaron al oráculo si debían volver a levantarlo, pero la respuesta fue negativa y los fragmentos de bronce permanecieron en Mandraki hasta el año 653, cuando los árabes tomaron la isla y vendieron el metal. Un comerciante hebreo fue el comprador; necesitó novecientos camellos para transportarlo.
     Ahora, sentado en el lugar en el que pudo estar su pie derecho, alzo los ojos y veo mi habitación del hotel Hermes; pienso que esta noche he dormido muy cerca de una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo. Intento hacer de este pensamiento un sentimiento, algo que me sobrecoja, pero no lo consigo. Esta mañana de sol me impresiona más la vida, el movimiento de las gaviotas buscando peces y la voz de los ancianos que caminan sin ir a ninguna parte.
La tentativa de buscar la emoción, la fracasada tentativa de buscar la emoción en el lugar en que se encontraba el Coloso de Rodas me lleva a un nuevo fracaso: la tentativa de buscar una emoción humana.
     Quiero recrear en mi pecho el deseo, pero no lo encuentro. ¿Qué se siente cuando se ama? He olvidado temblores, desazones y esperanzas. Me parece casi imposible la certeza de que en otros tiempos tuve árboles cuajados de nidos. El ansia de besar unos labios que me sabían a arena, de abrazar con fuerza el cuerpo de morenas geografías, todo se ha esfumado con los años y con esta cura de indiferencia y soledad extrema. Ya nunca tiemblan mis dedos cuando suena un teléfono no son débiles mis piernas cuando unos pasos se acercan. No he vencido los deseos de la carne, pero sí he aniquilado todo tipo de espera. Se la llevaron nueve mil camellos hebreos.
     Y ahora, sabiendo ya que toda esperanza ha muerto, soy yo quien descansa en paz.

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