Ofrenda

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miércoles, 6 de abril de 2011

LOS CINCO MILAGROS


Xenodoceío Elénh, 28 – XII – 2008

Llueve en Symi. Al principio era sólo una llovizna benévola y suave, pero ha arreciado mientras comía en una taberna frente al mar.
He paseado tanto tiempo como la lluvia me lo ha permitido, me he dejado tentar por los callejones escalonados que salen desde el puerto. La primera impresión de acariciar la belleza se duplica en los callejones, se triplica en las fachadas y se multiplica de manera infinita en el contraste de los colores. Posiblemente sea el pueblo más colorista de  los que he visto en Grecia, más incluso que las zonas interiores de Oía.
Sigue lloviendo y no puedo hacer fotos de la belleza, pero sé que mañana será un buen día para congelar imágenes. Espero que no llueva, pero a la vez deseo que cada color se haya avivado con la humedad y el aire limpio.
 En la lejanía los recuerdos se convierten en fotos viejas, todo pierde la intensidad del día en que la memoria no debía esforzarse porque el mundo era presente. Años y años convierten las fachadas en lienzos blancos y negros. Un pintor perezoso es el recuerdo. A través de las fotografías sabré que estos callejones han existido. Temo perder mi memoria, siempre lo he temido y temo que el olvido borre los colores.
Las piernas metidas en la cama, tapado con una manta y vestido con un jersey grueso, miro el atardecer desde los cristales llorones del balcón. Hace frío en este dormitorio blanco y limpio de un hotel que comparto, según me ha dicho el dueño, con media docena de soldados, aunque yo no he visto aún a nadie.
El dueño del hotel también me ha asegurado que el Arcángel de Panormitis hace auténticos milagros. Mi puñado de súplicas a salvo.

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