Ofrenda

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miércoles, 6 de abril de 2011

UN PUÑADO DE SÚPLICAS


PanormíthV, 28 – XII – 2008

Es muy extraña la entrada a Panormitis. Extraña en varios sentidos. El pueblo está escondido en un golfo más o menos amplio, pero con una entrada diminuta. El barco debe esquivar las rocas a babor y estribor para penetrar en el puerto. Si no se conoce bien el lugar es fácil pasar de largo.
El puerto se abre al entrar, se ensancha. Una hilera de edificios de tres plantas, pintados minuciosamente en blanco y crema, se asoma a la orilla del mar. El puerto tiene poca profundidad, tan poca que en la parte más cercana a la tierra sobresalen los extremos de las algas.
Lo primero que se puede pensar al llegar a Panormitis es que se ha llegado a un pueblo fantasma. Todas las ventanas y contraventanas cerradas a cal y canto, ni un adorno navideño y sólo un par de almas errantes por la calle. La cercanía siempre disipa dudas y el pueblo fantasma se revela como pueblo-monasterio.
En el centro de la hilera de casas de levanta una torre barroca pintada de muchos colores. En uno de sus arcos se columpia muda una campana del color del musgo.
Todos bajamos del barco para acercarnos al monasterio. Llueve, pero eso no nos impide la visita. Sigo los pasos de dos ancianas que ya traían las velas de casa; gruesos racimos de futura súplica envueltos en papel de periódico arrugado.
Para disfrutar más la visita comienzo por las dependencias del monasterio antes de entrar al templo; ahora todos están dentro. Subo escaleras, entro en galerías, me asomo a un par de celdas austeras que se han dejado abiertas. Tiestos por todas partes con geranios que agradecen la lluvia.
Entro en el templo y entro casi en éxtasis Es uno de los recintos ortodoxos más bellos que he visto en mi vida. No debe haber una sola escena de la vida de Cristo que no esté representada en los frescos. Frescos ingenuos, coloristas en su día y ahora cenicientos y uniformados por los años. Un conjunto casi naif. Silencio en el interior, fuera la lluvia.
Al fondo del recinto un pequeño cuarto donde encender las velas. Me dirijo a él con un puñado de súplicas compradas en la puerta.

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