Ofrenda

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martes, 27 de marzo de 2012

No tengo santo ante el que arrodillarme
ni un candil en un cielo vacío
no tengo sol ni estrellas ni luna
para cantarles un primero de mayo.

Prevelis, 4 de enero de 2012

Me levanto temprano, a las seis y media, para ver el amanecer en altamar. No sé si en Grecia se puede hablar exactamente de altamar; navegamos entre islas y casi nunca perdemos de vista algún fragmento de tierra que se obstina en salir a la superficie.
El cielo es una mezcla de grises metálicos, rojos incandescentes y naranjas contaminados.
Recuerdo nuestro primer amanecer juntos. La luna intentaba prolongarse más allá de su tiempo asomada a tu ventana. La luz, más naranja que esta de hoy, se colaba por las cortinas de tu casa y dibujaba sobre tus sábanas las formas diminutas de tu cuerpo. Yo atrapaba cada imagen con ansiedad y miedo, temiendo que aquel amanecer nunca se repitiera.
Pero vinieron otros después. Muchos amaneceres adherido a tu piel. Ya no sé si la luna volvió o no a ser testigo de alboradas llenas de encuentro. No la echaba de menos. Quizás faltase o siguiese siendo testigo mudo e indiscreto. A mí ya sólo una presencia ajena a nosotros me importaba, la del aroma de tu magia.