Ofrenda

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miércoles, 6 de abril de 2011

¿ACASO NO SOMOS GRIEGOS?


KwV, Xenodoceío Marie, 31 – XII – 2008

¡TIERRA! ¡TIERRA! Lo grito con mayor fuerza y hasta con mayor entusiasmo que los marineros de las carabelas. Sólo una hora y media de viaje y sin embargo se ha hecho eterno. En la última media hora el barco ha tenido dificultades para cabalgar por encima de las olas. El agua llenaba de temor y sal las ventanas del segundo piso. Olas gigantes, abismos de agua se quedaban tras su paso y el catamarán parecía caer al vacío.
He intentado conservar la calma y pensar que todo era normal. Miraba los rostros de otros viajeros pero ninguno me daba pistas. Los más habituados al mar mantenían su expresión habitual, los que solemos habitar tierras secas llevábamos cierta preocupación en el gesto.
Como el tatuaje de una ancla en el brazo de un viejo marinero, así llevo guardadas las palabras de aquel anciano que me habló en un barco que ya no recuerdo, ni dónde me recogió ni a qué isla me llevaba: «¿Qué tememos? ¿Al mar tememos? ¿Acaso no somos griegos?»
El solo hecho de bajar del barco me ha dejado las piernas y los brazos doloridos. Mantener la vertical ha sido todo un esfuerzo y la maleta un inconveniente.
En el puerto me llama un hombre joven, delgado y moreno. Me ofrece ir a su hotel y acepto. Estoy aturdido y no me apetece demasiado perderme hoy en búsquedas.
Por el camino me pregunta directamente dónde está mi mujer. Le parece extraño que viaje solo y, según la costumbre de las islas debe ser más extraño aún que no esté casado. Invento pronto una mujer, una cuñada que acaba de tener un niño, me ahorro explicaciones y juego a mentir en griego.

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