Ofrenda

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miércoles, 6 de abril de 2011

CASAS Y FANTASMAS


RódoV, To kaph’leio tou Giwrgh’, 26 – XII – 2008

Hora de comer. Una joriátiki, calamares recién pescados y una Mythos. Cinco horas de caminata apenas interrumpida por el laberinto de Rodas. Sólo las dos calles largas que la atraviesan recuerdan el plano hipodámico, el resto es un complejo dédalo de casas construidas al antojo, casas que se disputan el espacio con varias mezquitas, un hammam y una sinagoga. En los lugares más céntricos de la ciudad los edificios medievales cobran protagonismo.
Entre los callejones encuentro una casa abandonada y semiderruida. Paso un par de veces por delante de su puerta y, en el momento en que nadie mira, me cuelo. Las paredes, recibiendo directamente la luz del sol, pues no queda ni un resto de techo, muestran capas de pintura de diferentes colores. El azul intenso llama mi atención. Hago algunas fotos. De pronto mi memoria hace un balance de casas abandonadas: Jíos, cercanías de Villaviciosa, Infantes... Tengo decenas de fotografías de paredes pintadas de olvido. La manía comenzó en la adolescencia, quizás tenía quince o dieciséis años cuando empecé a violar el silencio.
Había una casa en las afueras de Oviedo con un largo paseo de plátanos, elegante cenador arbolado y un porche de piedra sujeto por columnas. Por un agujero cuadrado en el suelo se accedía a las bodegas de la casa. La humedad de las sombras hacía de las bodegas el lugar más siniestro. Me contaron que la casa se había incendiado a principios del siglo XX, que había muerto allí toda la familia, a excepción de la hija pequeña, la única heredera de la casa que estaba recluida en un hospital psiquiátrico. Historias.
A veces iba allí con Pablo, Cuca, Julia, Aída y Tamar; íbamos a hacer sesiones de ouija. Éramos adolescentes.
El tiempo que robó mis distintas inocencias y me hizo descreído fue aumentando mis ansias de fabular. Me gusta imaginarme historias que muy pocas veces escribo. Diseñar vidas pasadas en casas derruidas me sigue apasionando y desde hace pocos años fotografío sus paredes.
A mi espalda unos hombres juegan al tavli. Canturrean sus números y sus victorias parciales. Mientras tanto, el dueño del restaurante me atiende y espanta a los gatos que intentan encaramarse a la jaula de  un loro gris que habla mejor en inglés que en griego.
Pago e intento fingir una verticalidad natural. Casi medio litro me lleva dando tumbos por el Mercado Nuevo. El alcohol se sube a mi cabeza con gran facilidad y atravieso la calle con la inseguridad de un lobo de mar lejos de su barco.
En el ascensor del hotel me acuerdo del loro gris que habla en inglés. Entro en la habitación muerto de risa. Me acuesto a dormir esta ligera y absurda borrachera.

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