Ofrenda

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miércoles, 6 de abril de 2011

ORNITOMANCIA ERRÓNEA


Loutrá, 1 – I – 2009

Las primeras aves del 2009 han volado a la derecha. Me levanto temprano, apenas ha amanecido y salgo al balcón a saludar al nuevo año, al nuevo día. Interpreto el vuelo como algo positivo.
Recojo los restos de la fiesta de anoche: doce velas de té formando un número nueve, las luces de Navidad alrededor del espejo y ocupando parte de la mesa, un vaso de agua con dos ramitas de jazmín para regalárselas al Egeo y una caja vacía, regalo simbólico de Agíos Basilis. Luego cigarro, desayuno, ducha y coche. Los pájaros me han puesto de buen humor y se han calmado los vientos. ¡A la conquista de Kos!
Con el sol aún bajo atravieso la isla hacia el oeste. No hay un paisaje bonito, es seco, terroso, con pinos enclenques y mucha tierra pelada. Lo salva todo el mar. Cortes del Egeo en la tierra. Montes que se hunden en el agua y playas largas. Es una pena que las playas estén tan explotadas, que todo su contorno sea un kilométrico chiringuito de veraneantes.
No hay movimiento, no hay coches en la carretera y todo sigue cerrado. Isla habitada sólo por el invierno, vacía de cuerpos.
A mi izquierda me llama la atención un pequeño islote, sobre él hay un diminuto monasterio en blancos y azules. Me desvío y bajo a la playa; paseo junto al mar contemplando el islote. Al alzar la mirada, la isla me da una sorpresa. En un extremo de la playa hay ruinas, una basílica paleocristiana del siglo V dedicada a Agíos Stéfanos. Exhibe junto al agua su belleza desnuda, bañada por el sol tibio de la mañana. Varias columnas en pie y en el suelo fragmentos de mármol con aves y cruces. Mármol caído que acabarán engullendo los siglos y la tierra.
Llego a Kéfalos. Pueblo desierto, sin un café abierto donde tomar algo caliente. Un perro me acompaña por calles de silencio en lo más alto de las montañas del oeste. Pero no siento que estoy solo, hay visillos que se abren a mi paso.
Un canto nasal y masculino a lo lejos. Intento orientarme. Me dirijo a la iglesia sin dudar ni un instante de dónde viene el canto. Entro, también sin dudarlo, hoy toca la liturgia de San Basilio el Grande y no quiero perdérmela.
Veinte o veinticinco pares de ojos se vuelven hacia mí y me observan aviesos y recelosos. Soy un forastero que viola un espacio privado. Las mujeres llevan pañuelos en la cabeza, sólo hay tres colores: blanco, negro y azul marino. Los anudan de un modo extraño, entre el labio inferior y la barbilla. Discreto, me quedo de pie junto a  la puerta y miro. Ellas miran, pero no sólo a mí, miran a todo el que entra en la iglesia. Un hombre avanza en un momento determinado por el centro del pasillo, va hacia el altar. Lleva una cesta de mimbre con una hogaza de pan gigante, del tamaño y el grosor de una rueda; lo deja en las escaleras que hay al pie del altar. El sacerdote sale de detrás del iconostasio, sin dejar de cantar y de ser respondido por los diáconos. Se agacha y coge el pan, lo besa y sigue su ritual agitando la hogaza, en acompasados vaivenes, por el aire. Después lo deja de nuevo en el suelo y el mismo hombre de antes vuelve a llevárselo en la cesta de mimbre.
Cuando me canso de sentirme religioso, salgo de la iglesia y cojo de nuevo el coche. Por error tomo el camino hacia Limnionas, el puerto antiguo de Kéfalos. Es un puerto mínimo, resguardado del mar por un espigón de roca. Sólo hay en él tres barquichuelas y dos patos que se asustan al verme. El agua es tan clara como el agua clara. Doy un paseo, los patos se van acostumbrando a mí y dan el mismo paseo en paralelo, dentro del agua.
Cojo de nuevo el coche, marcha atrás, un muro bajo que no he visto, rasponazo en la parte trasera, lateral derecho, seguro sólo a terceros, primer cabreo del año. Echo agua, quito el polvo, es menos de lo que parece pero se nota bastante. Le doy con un poco de papel y queda limpio del todo, pero es muy evidente el rasponazo.  A las diez se empieza a torcer el día.
Salgo del Limnionas en busca de dos monasterios. Como no quiero fumar en el coche, me paro en una cuneta y saco el tabaco; doy una vuelta al coche. No parece que sea para tanto.
Arranco y el coche no se mueve, el freno está desbloqueado. Lo intento por segunda vez, marcha atrás. El coche patina. Lo pongo en primera y piso a fondo. Nada. Marcha atrás y empieza a saltar sobre el coche todo un volcán de barro. El cristal de delante se ha cubierto casi del todo, el coche entero está teñido de barro marrón, como una creación del sexto día.
Todo alrededor estaba seco, pero justo las ruedas de delante han ido a ocupar el único espacio, el único espacio de barro de la cuneta. Maldigo mi suerte, a los pájaros del alba y el día se acaba de joder a las diez y veinte.

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