Ofrenda

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miércoles, 6 de abril de 2011

UN JARDÍN SIN JAZMINES


Pulí, 2 – I – 2009

Un desvío en la carretera que avanza hacia el oeste me aparta del camino; un cartel: Basílica Paleocristiana. Dejo el coche junto a un campo de fútbol donde unos niños entrenan. Al lado un cementerio, entro. Paseo entre tumbas adornadas con coronas de flores de plástico, tumbas alineadas, con fechas y nombres.
Hacia el final del cementerio una mujer de unos setenta años limpia una lápida.
— Buenos días
Por el lugar en que estamos me ahorro el habitual “feliz año”.
— Buenos días… No sé si hay ya buenos días.
— Es cierto, se amontonan las nubes, puede ser que llueva.
— Puede ser, pero no me refiero a la lluvia. Creo que para mí ya nunca hay buenos días.
Sigue limpiando la lápida, yo sigo caminando entre las tumbas, visitando hogares poblados de muerte. Al dar la vuelta tengo que pasar otra vez cerca de la mujer.
— Un accidente, eso fue todo lo que nos dijeron, que había sido un accidente.
Me acerco, levanto con disimulo la mirada y veo la foto de la tumba. Un chaval de veinticinco años, nació en 1966 y murió en 1991. La foto, en sepia, parece más antigua.
— Era mi hijo. Mi único hijo. Sólo nos dijeron que había sido un accidente.
Me pongo cerca de ella, a los pies de la tumba del hijo y ella señala la imagen. Sus manos protegidas por unos guantes amarillos de goma. Una bayeta en la mano que señala la fotografía.
— Era sólo un niño cuando nos fuimos a vivir a Atenas en busca de una vida más fácil. Tenía nueve años, hacía justo diez meses que había caído la Junta. Aquí, en Kos, comenzaban a llegar los turistas y mi marido nunca fue un buen negociante; él estaba acostumbrado a cultivar olivos, pimientos, berenjenas y tomates; él no era hombre de hoteles ni de tabernas y en Kos ya nadie quería cultivar la tierra. Nos fuimos a Atenas, allí vivían mis cuñados y metieron a mi marido a trabajar en la fábrica de conservas. Yo planchaba. Eran unos años muy difíciles.
Se sienta sobre la lápida del hijo y con un gesto me invita a sentarme. No creo que sea correcto fumar y la timidez me hace juguetear con la llave del coche.
— Yannis era un muchacho muy responsable. Su padre y yo estábamos fuera todo el día y no podíamos estar pendientes de si estudiaba o no, pero él acabó el colegio y el instituto con las mejores notas y, además, muchos días yo me encontraba con la casa arreglada, la compra en casa, las camas hechas. ¡Dios lo bendiga!
Cuando acabó de estudiar se sacó el carnet de conducir, quería empezar a trabajar cuanto antes y ayudarnos en casa con lo que ganase. En seis meses tenía el carnet y trabajaba como transportista en la fábrica de conservas. Los camiones que tenían eran muy viejos, de segunda mano, pero claro, era una fábrica pequeña y en Grecia todo era entonces demasiado difícil.
Se enamoró de la chica del piso de arriba, Anzó se llamaba. Era de un pueblo de Corinto, pero vivía y trabajaba en Atenas para poder mandar dinero a sus padres. Vivía en Atenas con su hermano y una cuñada que no la trataba muy bien. Era muy buena chica, a veces venía conmigo y me ayudaba con la ropa y con la plancha.
¿Conoce usted Atenas? Nosotros vivíamos en Peristeri. Entonces eso eran casi las afueras. Ahora ya no se puede ni pensar en comprar un piso en Peristeri, pero cuando nosotros fuimos era barato, bueno, era lo que podíamos permitirnos.
Yannis se levantaba todos los días a las cuatro para comenzar su ruta de reparto. A las cuatro y media se subía al camión y antes de salir tocaba el claxon para que Anzó supiese que se acordaba de ella. Había días que Anzó esperaba ese momento asomada a la ventana y le sonreía mientras él la saludaba desde el camión.
¡Un claxon a las cuatro y media! ¡Imagínese usted! No sólo despertaba a Anzó, despertaba al edificio entero, a casi todos los vecinos de la calle. Unos y otros venían a quejarse, a decirnos que habláramos con el chico, que aquello tenía que acabar. Pero no nos hizo ningún caso y puedo jurarle que fue lo único en lo que nos desobedeció en su vida.
Poco a poco todos se fueron acostumbrando y algunos ya no se despertaban, otros apenas abrían unos segundos los ojos y luego volvían a dormirse. Unos cuantos lo tenían ya como referencia de la hora y comenzaban su jornada cuando Yannis hacía sonar el claxon.
Yannis y Anzó al final se comprometieron; hicieron planes, él quería tener su propio camión, no aquella tartana a la que le costaba Dios y ayuda subir las cuestas. Ella quería una casa modesta, pero con un jardín para sus plantas.
Y mientras pasaban los días y esperaban el camión nuevo y el jardín de los jazmines, el claxon no dejaba de sonar cada mañana.
Una noche nos llamaron por teléfono a casa de una vecina, nosotros no teníamos. Era la policía. Sólo nos dijeron que había sido un accidente. Al camión –se veía venir–  le fallaron los frenos y, bajando una cuesta cerca de Corinto, cerca del pueblo de Anzó, se despeñó y desapareció en el agua. Dos días tardé en ver el cuerpo de mi hijo. Dos días más hasta que lo pude traer desde Atenas para enterrarlo aquí, donde estaban sus abuelos, donde ahora está mi marido y donde acabaré yo misma. Pero de momento, ya ve usted, me encuentro completamente sola, cuidando a mis muertos.
En la fábrica no dieron días libres a mi marido y me vine con una vecina de Peristeri. Cuando volví a Atenas me encontré con que mi marido había dejado el trabajo. Los compañeros de la fábrica decían que Yannis se había matado por culpa del camión, nunca le hacían revisiones ni le daban descanso. En la fábrica todos sabían que esos camiones estaban mal, que eran muy viejos. Mi marido se lo dijo al jefe y el jefe le dijo lo mismo que la policía, que había sido un accidente.
Con lo que le dieron por la muerte de Yannis, y porque estuviésemos callados, compramos un terreno pequeño aquí cerca, al lado de la basílica; vivíamos con eso y con el alquiler del piso de Atenas. Anzó se fue a su pueblo de Corinto y no volvimos a verla.
Algunas veces llamo a Evanguelía, la vecina que vino conmigo a Kos para enterrar a Yannis. Ella fue quien me contó que Anzó se había ido y me contó también que, durante muchos meses, los vecinos se despertaban a las cuatro y media esperando el claxon y que no conseguían ya volver a dormirse.

Cuando me he levantado, tras unos minutos de silencio mirando al suelo, me he dado cuenta de que me había hecho sangre en la mano con la llave del coche. El esfuerzo por tragarme las lágrimas me la ha clavado.
— Nunca olvidaré esta historia –me despido–. La llevo conmigo.
Unos cuantos pasos y regreso hacia ella.
— ¿Puedo darle un beso?
Y la he besado la mejilla y la he abrazado largo y fuerte, como se debe dar un abrazo.
Me alejo de ella sin decir nada más, sin desearle ya que tenga buenos días.

Una carretera solitaria y difícil me lleva a visitar estos tres pueblos fantasmas. Una mujer en una iglesia, un hombre que cortas ramas, unas cuantas gallinas y un gato que dormita sobre un sofá abandonado son todos los signos de vida que encuentro. Casas que se caen, casas que no se caen pero lo harán algún día, casas cerradas.
De Asomati a Lagudi voy andando. Cojo el coche y me acerco a Pylí, el más grande. Me miran dos ancianos desde un kafenío. En la iglesia del pueblo se ha juntado mucha gente. Un funeral, eso es lo que leo en la puerta de la iglesia, no quiero ser intruso ni testigo por hoy de más relatos de muerte.
Abandono este triángulo de pueblos de viento, cal arrancada y tristeza enmudecida.
Suenan lentas las campanas, el aire hace moverse las cintas de la corona de flores que hay en la puerta de la iglesia. Al mirar ese juego de viento y luto hago sonar el claxon del coche. El cielo está tan oscuro que parecen las cuatro y media de la madrugada. Pero Anzó no me saluda.

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